2 ene. 2014

5. Cuando crezca ayudaré a la gente, como tú


5. Cuando crezca ayudaré a la gente, como tú

La visita de Andrea llegó dos meses después, cuando Cristal creía que les había abandonado allí para siempre y no había día que no llorase al cruzarse por los pasillos con la camilla de un enfermo ensangrentado.
            Angelo seguía enfadado con su hermano por haberlo llevado allí. Después de muchas preguntas de la pequeña Cristal, le había contado qué había pasado la noche que habían decidido llevarles allí.
            Luca, su hermano mayor, había llevado a una chica humana a casa, cosa que desde siempre les habían prohibido sus padres. Debía de haberla mordido, de ahí el olor a sangre que Cristal había percibido. Después, había salido a buscar algo para limpiar la sangre y había regresado al oír el grito de la pequeña cuando Angelo había entrado en su habitación y había vuelto a morder a la chica que estaba dentro intensificando aquel horrible aroma para ella.
            Angelo le explicó que la saliva de los vampiros tenía poderes regenerativos, pero que él había perdido el control y que por la intensidad con la que había mordido a la chica que su hermano había llevado a casa, la herida no se había cerrado y había estado a punto de desangrarse.
            Cristal le había dicho que no debía estar enfadado con Andrea, que habían sido Alina y Anthony los que habían decidido llevarlos allí. Pero él alegaba que el que los había acompañado había sido él, y que si se hubiera negado a llevarlos no estarían allí.
            El día que Andrea llegó, Cristal le juró que ya no lloraba al oler la sangre. Pero él sabía cuándo mentía y no se la llevó a casa. Angelo, que ya tenía asumido que iban a pasar mucho tiempo allí, siguió llevando camillas e instrumentos pesados de un piso a otro, sin buscar a su hermano para saludarle.
            Hicieron las paces tres años después, en una de las visitas de Andrea. Se cruzaron por el pasillo principal cuando este se iba y Angelo cargaba con una caja llena de libros. Estaban haciendo reformas en los pisos superiores y lo tenían entretenido bajando cajas a la sala de estar.
            -¿Sigues enfadado, idiota? –No lo decía con mala intención, al contrario; en su voz había un toque cariñoso.
            -El idiota eres tú. –Le respondió él, enfurruñado, al tiempo que daba media vuelta.
            Aquello le bastó a su hermano mayor para saber que lo había perdonado. Antes ni siquiera se molestaba en hablarle y, si se había molestado en hacerlo, era porque le importaba.
            En las siguientes visitas las cosas entre ellos se suavizaron un poco pero, como siempre, sus caracteres, totalmente diferentes, chocaban.
            A pesar de que Angelo era bastante más mayor que Cristal, no solo en apariencia sino en edad real, la amistad entre ellos se estrechó, y él ya la consideraba una hermana pequeña.
            Cuando ella se echaba a llorar porque no aguantaba el olor a sangre, él intentaba consolarla.
Ella también se había encariñado con él. Cuando creció y dejó de llorar, las pesadillas empezaron a acosarle por las noches. Entonces, le buscaba y se recostaba a su lado hasta que se quedaba dormida.
            Al cumplir los trece años, Angelo hizo algo horrible, algo que la horrorizó, pero no se apartó de su lado en ningún momento.
            Como ya era un poco más mayor, y  había aprendido a controlar mejor las sensaciones desagradables que le provocaba cualquier sangre, empezó a acudir a otras plantas para entretener a los enfermos que no solo tenían huesos rotos, sino también heridas abiertas.
            Aquella tarde en especial le iban a dejar entrar en la sala de enfermos terminales. Había insistido en que la dejasen entrar allí porque quería demostrase a ella misma, para luego poder hacerlo ante Andrea, que estaba curada del todo. Esa era la sala con más sangre de todo el edificio. Había poca gente dentro. Los vampiros eran muy difíciles de matar y solo las heridas más mortíferas y que no podían cerrarse, eran las que les hacían morir. Pero la sangre se podía oler desde el pasillo, y era un olor muy intenso.
            Justo cuando acudió y vio por primera vez en cuatro años la puerta que tantos escalofríos le daba, un médico le dijo que debía salir de allí. Le preguntó qué ocurría, y le contó que el único enfermo que había allí había muerto hacía un rato, desangrado.
            La muerte no le impactaba demasiado, había visto morir a un par de vampiros, y había conocido la historia, por boca de las enfermeras, de decenas que habían acabado muertos.
            El cadáver tenía una herida de arma blanca en el pecho, junto al ventrículo derecho del corazón; y su pierna izquierda había tenido que ser amputada porque sus huesos estaban completamente machacados por una máquina que un Cazador de Sombras le había echado encima.
            Los Cazadores de Sombras eran los seres a los que Cristal procesaba más odio. Andrea formaba parte de las Sombras del Plenilunio, un grupo organizado que luchaba contra ellos.
            Los Cazadores de Sombras eran fanáticos del orden que se encargaban de aniquilar vampiros, porque estaban en contra de la sociedad vampírica. Entre ellos se encontraban los buscadores, los que buscaban vampiros integrados en el sistema de la Tierra. Los localizadores, los que seguían las pistas encontradas por los buscadores. Y los verdugos, que se encargaban de matarlos.
            Andrea trabajaba como protector dentro de las Sombras del Plenilunio. Se encargaba de la seguridad de los que eran atacados por los verdugos. Los que buscaban a los Cazadores de Sombras eran conocidos como los miembros del Consejo y, al igual que los buscadores, estaban infiltrados en el sistema del mundo humano. Los Guerreros Esmeralda eran los  más respetados  en la sociedad vampírica y los más temidos entre los humanos, que los odiaban. Se ocupaban de matar a los Cazadores de Sombras, y tenían el nombre de Guerreros Esmeralda porque vestían de negro y lo último que veían sus víctimas al morir, eran los destellos de los amuletos que llevaban sus asesinos, de un intenso color verde. 
            Como admiraba a Andrea en todos los aspectos, también admiraba a las Sombras del Plenilunio, y por eso odiaba a los Cazadores de Sombras. Cuando transcurría mucho tiempo de una visita a otra, temía que lo hubieran matado y, poco a poco, su odio hacia ellos se iba intensificando.
            Volvía a hervir de ira por dentro pensando en aquello y en la repentina muerte del enfermo, cuando encontró la habitación de Angelo vacía. Quería contarle que un paciente al que probablemente le quedaban varios días de vida, con esperanzas de recuperarse, y que estaba lo suficientemente bien como para mantener una conversación con ella, había muerto de un día para otro desangrado... Aunque las sábanas sobre las que yacía no estaban lo suficientemente empapadas como para que la pérdida de sangre hubiera sido la causa de la muerte. Tenía que haber sido un vampiro, había sido asesinado.
            Al no encontrarlo en su habitación, ni tampoco llevando cosas a la sala de estar, empezó a plantearse la posibilidad de que Angelo estuviera fuera.
            No solía salir mucho del edificio, lo tenía prohibido si no estaba Andrea con ella, pero Angelo solía escabullirse de vez en cuando, y sabía que lo encontraría fuera.
            Entrecerró los ojos para acostumbrarse a la niebla del lugar y caminó a través del callejón, escudriñando las sombras, en busca del vampiro.
            Lo encontró en una esquina hecho un ovillo y con la cabeza entre las piernas.
            -¿Angelo? ¿Eres tú?
            -¡Vete! –Le gritó él, sin ni siquiera mirarle a la cara.
            -Huele a sangre... a la misma sangre que la del piso de enfermos terminales... ¿qué has hecho? –Preguntó horrorizada. Esperó a que dijera algo, pero no reaccionó. -¿¡Lo has matado tú!? Dime, ¿¡Lo has matado tú!?
            -¡Déjame, Cristal! ¡Vete de aquí!
            -No.
            Estaba asustada, le temblaba la voz, pero se acercó más a él y le tendió la mano. Al darse cuenta, Angelo la empujó y volvió a gritarle que se fuera de allí. A pesar de que vio la ropa del joven manchada de sangre, lo que  agravó su temor,  siguió avanzando hacia él.
            Se puso de rodillas frente a él, y Angelo se echó a llorar. Él la había visto llorar muchas veces a ella, pero Cristal nunca lo había visto así a él. Se armó de valor e intentó dejar la sensación de malestar a un lado para agarrarle por los hombros y atraerlo hacia ella. Lo abrazó hasta que se calmó un poco y dejó de sollozar.
            -No pasa nada, ¿vale? Todo saldrá bien.
            -¿Todo saldrá bien? ¡Soy un asesino, Cristal! Me encerrarán en un reformatorio durante años, quizá me condenen, no he matado a un humano, ¡ha sido a un vampiro!
            -Seguramente habría acabado muerto aunque tú no...
            -¡Soy un asesino, Cristal! –La cortó él.
            Estaba asustada, no sabía qué hacer. En aquel hospital no tenían amigos, nadie podría ayudarlos, y Andrea hacía pocos días que se había marchado, tardaría meses en volver.
            -Está bien, tranquilo. Quítate la ropa, esta noche la lavaré con la mía y nadie sabrá que ha estado manchada de sangre.
            Angelo le hizo caso y cogió la chaqueta que ella le ofreció para que se tapara.
            -Nadie tiene por qué enterarse. No pasa nada. Ve dentro. –Vio que dudaba y que tardaba en levantarse, así que lo apuró. –Vamos, ve dentro, yo iré después de ti.
            Angelo desapareció entre la niebla, y Cristal dio un rodeo para entrar por una de las puertas menos transitadas del hospital. Se cuidó mucho de que nadie la viese, y subió al piso de sus habitaciones para lavar la ropa en el baño.
            Aquella ropa estaba impregnada de un olor tan intenso que le producía nauseas, y, al terminar, a pesar del frío, abrió las ventanas de su cuarto para que desapareciera aquel aroma.
            Entrada la madrugada, acudió a ver a Angelo para ver cómo se encontraba. Seguía asustado, ni siquiera la miraba a la cara y respiraba entrecortadamente. Estaba arrepentido de lo que había hecho, se notaba.
 A pesar de seguir encontrando el olor de la sangre irresistible, Angelo había conseguido reprimir sus impulsos durante el tiempo que habían estado allí, cuatro largos años. Aquel día había recaído. Si Andrea llegaba a enterarse, podía dejarlo allí durante mucho más tiempo; o, peor aún, podía enviarlo a un reformatorio o a un sitio peor que aquel.
            Cristal entendía lo que era para él estar en aquel lugar, ella sentía lo mismo. A pesar de que veía a Andrea a menudo y al resto de la familia un par de veces al año; y aunque  nunca les faltaba de nada, deseaba salir de allí cuanto antes.
            Era una vida rutinaria. Se levantaban temprano y se encargaban de arreglar su propia habitación.  Él hacía los recados que le mandaban.  Ella escuchaba las penurias de los pacientes. Lo mismo, un día tras otro. Cuando  Andrea volvía, seguía entrenando a Cristal; y ella esperaba con entusiasmo sus visitas porque adoraba esas clases y adoraba su compañía. Escuchaba todas las anécdotas sobre su trabajo, observaba con admiración cómo manejaba la espada y la elegancia con la que  se movía  a la hora de dar una simple patada. Intentaba aprender de él todo lo que podía, le idolatraba; y no era un secreto para nadie. En cambio, los días en que los visitaba, Angelo los pasaba solo, haciendo lo mismo de siempre pero sin la compañía de Cristal, porque ella estaba con su hermano.
            Los fines de semana, Cristal empezó a aprender medicina. La idea de enseñarle había surgido un día mientras la pequeña hablaba con un enfermo. Este había empezado a toser sangre. Tenía una herida en el pulmón y respiraba con mucha dificultad. Era un protector. Al verlo en esa situación, Cristal se imaginó que, algún día, Andrea podría acabar así y se puso nerviosa. Llamó a un médico. Antes de que él pudiese preguntarse qué le pasaba a su paciente ella le explicó que tenía una herida de arma blanca en el pulmón y que se había puesto a vomitar sangre. El médico se dispuso a llamar a la enfermera para pedirle algo con lo que cortar la hemorragia y, como esta tardaba, la pequeña le ofreció su propia chaqueta.
            Al poco tiempo, el lugar se llenó de médicos y enfermeras y tuvo que echarse hacia atrás dejando de contemplar la escena.
            El médico que había atendido al protector le felicitó por su rapidez y seriedad, y se ofreció a enseñarle algo de primeros auxilios: cómo cambiar un vendaje, cómo parar una hemorragia.... Luego, empezaron a enseñarle los nombres de los aparatos con los que atendían a los pacientes, los de los huesos del cuerpo humano, de las diferentes enfermedades...
            El caso era que Cristal podía salir de la rutina de vez en cuando, y que Angelo no tenía nada diferente que hacer nunca. Y si para ella, que al menos tenía con qué entretenerse, aquello era unta tortura, no quería ni imaginarse lo que supondría para él.
            Se sentó a su lado y lo abrazó.
            -No pasa nada, nadie se enterará, será nuestro secreto.
            -He hecho algo horrible.
            -Sí, es verdad. Pero ya no hay vuelta atrás. Lo único que podemos hacer es olvidarlo.
            -Sabrán que he sido yo.
            -Si tú no se lo cuentas a nadie no tienen forma de saberlo. Yo tampoco se lo diré a nadie.
            -¿Ni siquiera a Andrea?
            Meditó unos instantes la pregunta; después, se aclaró la voz y contestó sin titubear.
            -Ni siquiera a Andrea. Lo que has hecho ha estado mal, muy mal, pero ha sido un accidente, porque tú no querías matarlo ¿verdad? –Esperó a que Angelo negara con la cabeza y siguió. –Será la primera y última vez. Yo me encargaré de que aprendas a controlarte. –Intentó poner en su voz el tono que usaba Andrea cuando la reconfortaba dándole seguridad y, al parecer, funcionó.
            -¿No tienes miedo? ¿Y si intento morderte a ti?
            -No llegarás a hacerlo, te pegaré. –Era más  pequeña que él, seguramente tendría menos fuerza, pero estaba segura de lo que decía.
            -¿En serio?
            -Sí. Puedes intentarlo si quieres. Vamos –Lo animó. –Intenta inmovilizarme.
            Angelo dudó un poco, luego intentó agarrarla, pero Cristal se escabulló con sorprendente facilidad, poniendo en práctica todo lo que aprendía con Andrea, y fue ella la que lo inmovilizó a él sujetándole del brazo y presionándolo contra su espalda.
            Cuando le soltó, el vampiro le dirigió una pequeña sonrisa; y Cristal se sintió orgullosa de haber podido ayudar a alguien, aunque no lo hubiese ayudado tanto como la había ayudado a ella Andrea, su tutor, su ídolo, su príncipe, su modelo a seguir.
            Deseó poder contárselo algún día. <<Angelo necesitaba mi ayuda, no sabía qué hacer, estaba mal. Pero yo le ayudé, le ayudé con todo lo que me habías enseñado tú, con todo lo que había aprendido de ti, como tú me habías ayudado siempre a mí>> Pero sabía que nunca podría contárselo, porque aquel era un secreto entre Angelo y ella, y no faltaría a su palabra por mucho que desease una sonrisa de orgullo de Andrea.


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