13 ene. 2014

7. LA OPORTUNIDAD QUE NO DEBÍA DEJAR ESCAPAR


7. La oportunidad que no debía dejar escapar

            El quinto mes que pasaba sin que volviese a ver a Andrea empezó a preocuparse de verdad. Era demasiado tiempo, pronto cumpliría los quince años, y Angelo también aparentaba ser ya un quinceañero.
            Estaba hablando con una paciente cuando el hospital pareció sufrir un trastorno. Todo el personal sanitario desapareció de la sala de repente, y Cristal se preguntó qué ocurría. Dejo su puesto y se asomó al pasillo. La gente corría, como de costumbre, pero aquella vez iban todos hacia el mismo lado.
            Pensó en seguirlos a todos, pero había demasiada gente y decidió preguntar a Angelo qué ocurría, así acabaría antes.
            Le costó trabajo encontrarlo. Pero, finalmente, lo localizó en una de las habitaciones del piso superior que estaban reformando.
            Tenía el pelo castaño casi blanco porque se le había llenado de polvo. Llevaba los pantalones bajos, seguramente porque se habría aburrido de subírselos cada dos por tres, y la camisa llena de telarañas y pelusas.
            -Tienes un aspecto horrible. –Le comentó Cristal a modo de saludo desde la puerta.
            -Lo sé. Llevo todo el día aquí dentro ordenando cajas. ¡¿Por qué tengo que ordenarlas si luego las voy a bajar al salón?! –Refunfuñó, malhumorado.
            -Si llevas todo el día aquí... no te has enterado de lo que pasa ¿verdad?
            -No. ¿Qué ocurre?
-Eso venía a preguntarte yo. De pronto han dejado de atender a los pacientes y han salido corriendo hacia abajo. Quería seguirlos, pero he pensado que me enteraría antes de lo que pasaba buscándote a ti.
            Cuando Cristal volvió a bajar, él la acompañó. Era muy curioso, y estaba harto de ordenar cajas. Llegaron hasta el salón del hospital, donde los enfermos que estaban lo suficientemente bien como para bajar, descansaban frente a la lumbre.
            Los médicos y las enfermeras discutían. Ellos parecían preocupados, ellas estaban alteradas. Se acercaron más al grupo que habían formado e intentaron enterarse de lo que pasaba, pero no escuchaban más que frases sueltas.
            <<¡Qué no cunda el pánico! Volved todos a vuestros puestos, cerraremos las puertas y seguiremos con nuestro trabajo como todos los días>> Le escucharon decir a uno de los médicos más importantes. <<El hospital está muy cerca de la entrada de la ciudad>> Decía otro preocupado. <<Estamos en un sitio lleno de vampiros indefensos y sin armas, es un sitio tentador al que atacar>> Comentaba otra de las enfermeras.
            Mientras Cristal trataba de enterarse de algo más, Angelo fue más inteligente y le preguntó a una de las enfermeras. Ella se les acercó, y escuchó lo que la mujer le contaba.
            -Un grupo de verdugos ha cruzado la frontera, creen que ya están en Deresclya, ¡y en la Ciudad de las Tinieblas, además!
            -El consejo de vampiros ya se habrá enterado ¿verdad?
            -No lo sabemos. Nadie se atreve a salir de su casa. Los que han dado la voz de alarma han sido unos protectores que estaban de servicio en la ciudad . Han debido de ver a un verdugo, y se ha corrido la voz. Han partido en seguida hacia la Ciudad de las Lluvias. Allí avisarán a las autoridades, para que manden refuerzos, porque aquí no debía  haber gente para proteger la ciudad.
            -¿Cómo es eso posible? –Se atrevió a preguntar Cristal.
-Esta es una ciudad pacífica. Es muy pequeña y tranquila; las bases de los protectores están en la Ciudad de las Lluvias, en la de la Luz, en la de las Aguas... pero aquí no hay ninguna base. ¿Para qué? Nunca pasa nada.
            -Y ahora que pasa estamos indefensos. –Murmuró Angelo.
            -Pero no es posible. ¿Estáis seguros de que los verdugos ya están en la ciudad? –Preguntó Cristal sin salir de su asombro.
            -Sí. Si no los protectores no se habrían movilizado tan pronto. –Respondió la enfermera.
            -¿Y qué vamos a hacer? –Volvió a preguntar Cristal.
            -Esperar a que lleguen refuerzos para defender la ciudad.
            -¡No podemos esperar! –Exclamó ella. -¡Son asesinos, no quieren invadir nuestra tierra para quedársela, quieren exterminarnos a todos! ¡Todo el tiempo que tarden en venir con refuerzos lo tendrán ellos para organizarse y matar vampiros! ¡Para cuando lleguen los protectores solo quedará viva la mitad de la ciudad!
            Había hablado demasiado alto, reflejando lo que todos sentían y no se atrevían a comentar. El médico que intentaba poner un poco de orden se giró hacía ella e intentó calmarla a ella también.
            -Los protectores han salido a caballo. La frontera con la Ciudad de las Lluvias no está muy lejos de aquí. Tardarán, como mucho, dos o tres días.
            -Dos o tres días en llegar. –Objetó Cristal. –Después tendrán que llegar al centro de la ciudad para buscar al alcalde e informarle de la situación. En eso tardarán otro par de días. Luego, tendrán que organizar las tropas que nos enviarán, y en eso gastarán otro día...  los protectores tardarán otros tres días en llegar. ¿Crees que a los verdugos no les bastará con nueve días para aniquilar a toda la ciudad?
El médico calló. La gente se alarmó aún más. Los cálculos de la joven y sus argumentos eran muy convincentes.
            -Tranquilizaos. El asunto no es tan grave. Solo han visto a un grupo de verdugos. Tal vez actúen por libre, incluso puede que se marchen antes de lo que creemos.
            -Si el asunto no fuera tan grave los únicos protectores que quedaban en la ciudad no se habrían marchado para dar la voz de alarma. Y si solo fuera un pequeño grupo que actúa por libre los habrían matado ellos mismos. –Volvió a contradecirle Cristal.
Además, ¿por qué han tenido que ir ellos a dar la voz de alarma? ¡Eran los únicos con armas y preparación de toda la ciudad para hacerles frente!
            Mucha gente empezó a gritar que tenía razón, que cualquier otro podría haber ido, que ellos deberían haberse quedado en la ciudad.
            -La chica tiene razón. –Comentó otro de los médicos.
            -Pero ya no hay nada que hacer. –Zanjó el que mandaba allí. –Estamos en estado de emergencia, solo podemos quedarnos en nuestras casas, en nuestro caso en el hospital, y estar preparados por si decidiesen atacar. Cada familia deberá defender a los suyos, y nosotros cuidaremos de nuestros pacientes.
            -¡Qué bonito! Nos defenderemos unos a otros como en una gran familia. –Comentó Cristal, burlona.
            -Sí. Y, cuando lleguen, les lanzaremos bisturís. –Exclamó Angelo colaborando con la burla de su amiga.
            -¡Basta ya! –Ordenó el médico. –Tenemos pacientes a los que atender. Esperaremos a los protectores, saben cuál es su trabajo y lo harán bien, así que confiaremos en ellos. Durante los días que tarden en volver cerraremos todas las puertas del hospital y no saldremos a no ser que sea absolutamente necesario.
            -Eso es absurdo. –Objetó el médico que le había dado la razón a Cristal. –Si no salimos, ¿quién traerá los medicamentos y la comida?
            -Tenemos reservas de sobra. Así que seguid todos con vuestros trabajos y procurad trabajar como siempre. Dentro de unos días todo volverá a la normalidad.
            Tras varias órdenes del médico para que todo el mundo volviera a sus puestos, la gente se dispersó y solo se quedaron en el salón el médico jefe, el que le contradecía, Angelo y Cristal.
            -Y tú, jovencita, procura no agitar a la gente. Ya está todo el mundo bastante nervioso como para qué tú les alarmes con suposiciones pesimistas.
            -No son suposiciones pesimistas. La chica tiene razón, todo lo que ha dicho podría pasar ¡y tú estás tan tranquilo! –Le reprochó el otro médico.
            -¿Crees que estoy tranquilo? La ciudad está amenazada, puede que ataquen mi hospital. Sí, lo sé. Pero confío en la seguridad de nuestros protectores, y prefiero mantener la calma. Ya no hay nada que nosotros podamos hacer, solo quedarnos aquí y esperar, nada más.
            Cristal dejó enseñar una media sonrisa que borró cuando el médico la fulminó con la mirada antes de advertirle que no volviera a hablar del tema con el personal. Y Angelo se tuvo que despedir porque  le ordenaron que siguiera con su cometido.
            El joven que apoyaba a Cristal en sus argumentos se le acercó antes de que diera media vuelta y le habló casi en susurros.
            -Como subordinado del médico encargado, no puedo preguntarte por qué esa media sonrisa al oír que ya no se podía hacer nada. –Le comentó. Y Cristal iba a contarle que sentía la necesidad de hacer algo aunque no sabía qué, pero él la detuvo. –No podría escuchar que tienes pensado ir en busca de los protectores que han salido a dar la voz de alarma y a sustituirles en su cometido para que ellos puedan quedarse guardando la ciudad y no informar a mi superior de ello, me despedirían. –Le dijo con una media sonrisa, y Cristal sonrió también. –Tampoco podría decirte que a pie no les alcanzarías, porque van a caballo. –Hizo una pausa. –Hablando de caballos, ¿sabías que el mozo que guarda las cuadras está dentro del edificio y que no hay vigilancia en ellas? ¿Cómo pueden ser tan despreocupados? ¡Mi caballo está dentro! ¡Es el último de la fila de la izquierda, y no me gustaría que a nadie se le ocurriese llevárselo prestado!
            Cristal asintió, no entendía para qué tanto teatro si no había nadie cerca, pero le divertía la actitud del médico. Iba a marcharse cuando la detuvo por el brazo.
            -Si alguna vez coincides con mi preciosa yegua blanca. –Le dijo. –Deberías saber que le gusta que le llamen por su nombre, Penélope. Y que corre más rápido si le das terrones de azúcar.
            -Lo tendré en cuenta. –Se limitó a decir ella.
            Cristal subió a su cuarto a toda prisa y se puso ropa cómoda. Buscó las varas de madera con las que entrenaba con Andrea y se las cruzó en la espalda de tal manera que no le molestasen. Se acordó del gracioso comentario de Angelo sobre los bisturís y decidió guardarse un par de ellos en las botas. No le vendrían mal.
            Pensó en decirle que se iba a buscar a los protectores, pero no tenía tiempo que perder y salió corriendo hacia las cuadras del hospital. Encontró la puerta por la que iba a salir cerrada y, cuando se dirigía hacia la otra, se volvió a cruzar con el médico que le había prestado su montura.
            -Cristal. –La volvió a llamar. -¿Podrías cerrar la puerta de detrás del almacén? Creo que se les ha olvidado cerrarla.
            -¡Claro! Ahora mismo voy.
            No sabía que el almacén tuviera una puerta que diese a la calle, y aquel dato le ahorró tiempo. Salió disparada hacía allí y procuró que no le viese nadie.
            Apareció en el callejón que rodeaba el hospital y corrió hasta que llegó a la parte trasera, donde estaban las cuadras. Intentó  abrir la valla que las cerraba, pero estaba candada y decidió saltarla.
            No le costó mucho trabajo encontrar a Penélope. Se sacó un azucarillo del bolsillo, (había robado algunos de la cocina antes de irse) y se lo dio mientras le acariciaba el hocico. Cogió la silla de montar que estaba a su lado y se la puso. Perdió en ello algo más de tiempo del que le habría gustado. Pero, finalmente, lo consiguió, y se subió encima del caballo sin gran esfuerzo.
            Entonces cayó en la cuenta de que no podría salir con él de la cuadra sin abrir la valla, y maldijo mil veces al candado que la cerraba.
            Volvió a desmontar y se dirigió hacía la valla para buscar una solución. No había manera de abrirla y volvió al interior del establo, abatida. Andrea habría sabido  qué hacer si él hubiera estado entre los protectores que debían dirigirse hacia la Ciudad de las Lluvias.
            Frustrada,  dio un golpe a la pared de la cuadra. Aquella madera estaba podrida, y con un par de patadas caería. Insistió, pero seguía en pie.
            Al final, tras muchos intentos, consiguió abrir un agujero en la vieja madera.
Calculó el tiempo que había pasado intentando echarla abajo. Tenía que darse prisa, aquello haría ruido y no quería que llegaran a la cuadra antes de que se hubiera marchado.
            Haciendo caso omiso de los caballos alterados que relinchaban ante el jaleo que estaba armando, agarró a Penélope de las riendas y la hizo agacharse para salir por el agujero que había abierto en la pared de la cuadra.
            Una vez fuera, se montó en ella  y la espoleó para que saliera al galope del lugar.
            Un par de veces había visto la ciudad con Andrea. Y, aunque fuera poco, le bastaba para orientarse. Nunca antes había montado a caballo, pero sabía la teoría y, como acababa de descubrir, no era mala en la práctica.
            No se preocupó por cuánto estuviese llamando la atención. Al principio cabalgó por las calles principales de la ciudad, ya que al estar en estado de alarma no había nadie en ellas. Cuando cayó en la cuenta de que los verdugos podrían andar cerca, se internó en el bosque y guió a su montura a través de la niebla,  sorteando las ramas bajas de los árboles.
            Era muy difícil montar así, iba muchísimo más despacio de lo que le hubiera gustado, pero no se detuvo en ningún momento. Era algo tarde. Como allí siempre había niebla, estaba acostumbrada a no ver el sol; pero aquel día lo echó en falta. La niebla le nublaba el campo de visión, y le era más difícil sortear los obstáculos.
            La yegua era obediente, no se encabritó en ningún momento. De vez en cuando, le decía cosas llamándola por su nombre, para tranquilizarla, y le daba terrones de azúcar para mantenerla contenta.
            Siguió corriendo por el borde del bosque sin bajar el ritmo de su carrera e intentando mantener la cabeza despejada para permanecer alerta, como le había enseñado Andrea. <<En situaciones de riesgo, necesitas estar alerta, y para ello tienes que concentrarte al máximo en lo que estás haciendo, y no bajar la guardia jamás>>. -Le recordaba siempre que entrenaban juntos-.
            Se alegró de poder poner en práctica lo que le había enseñado, y pensó que aunque no era nada divertido que unos verdugos hubiesen cruzado la frontera entre la Tierra y Deresclya, era algo muy oportuno. Necesitaba acción, llevaba unos seis años entrenándose para aquel tipo de cosas y por fin podía demostrar que había aprendido bien de su maestro.
            No dejó de galopar hasta que llegó la noche. Entonces le ordenó a Penélope que fuera más despacio porque, a pesar de que sin la luz de la luna ella podía seguir viendo en la oscuridad, su montura no disponía de aquella ventaja, y no quería caerse del caballo.
            Cuando quiso darse cuenta, ya había salido de la ciudad y se encontraba en el bosque de la frontera entre la Ciudad de las Tinieblas y la Ciudad de las Lluvias. Estaba algo cansada de llevar todo el día a lomos de la yegua, pero intentaba no pensar en ello.

            Al cabo de un rato, divisó el resplandor de una hoguera, a lo lejos, y espoleó a Penélope para que se dirigiera hacía allí. Por fin los había encontrado, los protectores deberían de haber hecho un alto.
            Bajó del caballo cuando estuvo más cerca y lo agarró de las riendas para guiarlo. De pronto, un intenso olor a sangre le inundó. Percibía  varios tipos de sangre, quizá más de diez.  Se temió lo peor y dejó a su montura a un lado para acercarse sin hacer ruido.
            Lo que vio no le gustó. Los cuerpos de varios hombres habían sido abandonados alrededor de la hoguera. Algunos estaban degollados, otros tenían los trajes manchados de sangre a la altura del corazón.
            Se aproximó a la mujer que más cerca estaba. Llevaba el uniforme de los protectores, lo conocía por Andrea. Entonces, el miedo la invadió y, aunque sabía que era prácticamente imposible que Andrea estuviese en aquel grupo, observó a todos los cadáveres e incluso  dio la vuelta a algunos cuerpos que estaban boca abajo.
            Al terminar, habiéndose asegurado de que Andrea no estaba entre ellos, retrocedió un poco para alejarse del fuego. La sangre era fresca, los verdugos no debían de andar lejos y no quería que la pillasen lejos del caballo y sin oportunidades de escapar.
            Pensó en lo que debía hacer. Nadie daría la voz de alarma y nadie se quedaría defendiendo la ciudad. Estaba claro que sería ella la que cabalgaría hasta la Ciudad de las Lluvias. Pero no podía dejar al único médico sensato del hospital pensando que acudirían a ayudarles, no tendría ninguna oportunidad de preparar nada. Tenía que encontrar la forma de avisarle; aunque no podía volver atrás, perdería demasiado tiempo.
            Se armó con una de las espadas de los protectores. Sentía tener que desarmar a un cadáver, pero estaría más segura con una espada que con un par de palos de madera.
            Se sujetó bien la funda de la espada al cinturón y volvió a cabalgar a través del bosque, intentando alejarse de la maleza para encontrar una casa.
            Después de dos horas cabalgando en sentido contrario, llegó a una granja perdida en medio del bosque, y decidió entrar. Llamó a la puerta sin preocuparse de que fuera ya más de media noche. Entendió por qué la cara de la mujer tenía aquella expresión al recibirla. Era una completa desconocida en medio de la noche, sucia, despeinada y seguramente con un aspecto lamentable.
            Le explicó lo que estaba ocurriendo en la ciudad y le pidió que llevara su mensaje al hospital. Le advirtió que sería peligroso, pero le habló de la importancia que tenía hacerle saber al personal del hospital que los protectores estaban muertos, y la mujer accedió sin rechistar. Le ofreció pasar a comer algo, pero Cristal le dijo que no podía perder el tiempo, y le animó a que ella también se diera prisa.
            Volvió a emprender su camino. Había perdido dos horas buscando la granja, y tendría que cabalgar aún más deprisa. Le había dicho a aquella mujer que antes de llegar al hospital dejara su mensaje en varias casas más para que el rumor se extendiera y pudieran preparase, no le dijo que así, si los verdugos la mataban por el camino y no llegaba a entregar el mensaje, los que conocieran lo ocurrido podrían avisar al hospital por ella.
            Tuvo la sensación de que pedía demasiado a aquella yegua blanca, pero quería llegar a la Ciudad de las Lluvias cuanto antes. Al amanecer,  cuando la niebla ya no era tan espesa, empezó a llover. Entonces supo que debía estar llegando. Se orientaba bien a través del bosque, gracias a Andrea, aunque él siempre le decía que la orientación privilegiada era un don en ella. Y no le costó adivinar hacia donde debía dirigirse.
            Estaba agotada, no había dormido en toda la noche y había permanecido alerta durante todo el tiempo, pero a pesar de eso no se le pasó por la cabeza la posibilidad de pararse a descansar.
            Cabalgaba a través de un campo sin árboles cuando escuchó los cascos de unos caballos tras ella. Se giró para ver de qué se trataba y vio a dos hombres a caballo que la perseguían. Volvió a girarse dos veces más para asegurarse de lo que veía y, cuando los uniformes de los dos hombres, las espadas y las aljabas con flechas que cargaban a la espalda la convencieron de que eran verdugos, espoleó a Penélope para que galopara más deprisa.
            -Vamos, Penélope, un poco más, ¡tienes que correr! –Le gritaba para tratar de darle ánimos.
            Empezó a preocuparse, pero no porque tuviera miedo, sino porque no lo tenía. ¿Era normal estar en aquella situación y no sentir ni un ápice de temor? Más bien odiaba a aquellos hombres por ser lo que eran, y le irritaba que la estuviesen persiguiendo, pero no le infundían el terror que se suponía tenían que infundirle.
            Una flecha que fue a clavarse en el suelo peligrosamente cerca la sacó de su ensimismamiento. Ordenó a su montura que cabalgara en zigzag mientras buscaba en el horizonte el abrigo de un bosque en el que esconderse, pero no encontraba ninguno cerca. A su izquierda había una montaña, pero no podría subir por ella a lomos del caballo, y a pie sería una locura. A su derecha debía de estar el bosque del que había salido, pero estaba tan lejos que solo veía campos de cultivo.
            En el horizonte no veía más que al sol asomando entre las colinas, y no encontraba nada mejor que hacer que desear que Penélope fuera más rápida que los dos caballos que montaban los verdugos.
            La tierra estaba encharcada y más de una vez la pobre yegua, fatigada, había resbalado tirando casi a su jinete al suelo.
            La coleta que llevaba se le estaba soltando y el pelo se le pegaba a la cara por culpa de la lluvia. Las flechas seguían estrellándose contra el suelo cerca de ella, pero no conseguían acertarle ya que cambiaba de dirección muy a menudo aún sabiendo que si los otros cabalgaban en línea recta podrían ir más rápido que ella. Pero contaba con que estuvieran muy ocupados encajando las flechas en los arcos.
            Una de las flechas se le fue a clavar en el muslo izquierdo y soltó un grito de dolor. Pero, manteniendo la mente despejada, partió el palo de la flecha para que no le quitara movilidad y siguió espoleando a Penélope.
            Dejo de ver fechas estrelladas contra el suelo, e hizo un cálculo mental de cuantas habían utilizado ya. Seguramente habrían gastado todas y respiró aliviada. La lluvia empezó a caer con más rabia, y el barrizal se hizo más espeso. La yegua volvió a resbalar, y aquella vez no tuvo fuerzas para equilibrarse de nuevo. Cayó al suelo estrepitosamente, arrastrando a Cristal con ella y ésta se apresuró a ponerse en pie.
            Los otros dos jinetes no tardaron en alcanzarla, y ambos bajaron de sus caballos para acercársele con las espadas desenvainadas. En un gesto disimulado se giró el cinturón y dejó su espalda oculta. Los verdugos se estaban preparando para atacarla cuando Cristal fingió llorar. El dolor de la pierna, la frustración, la responsabilidad que recaía sobre ella y el cansancio ayudaron a que su llanto fuera más natural.
            -Mi abuelita me dijo que aquí estaría bien. –Gritó. –Que no había tantos vampiros, pero esto está lleno, y yo no quería venir. –Pronunció más alto para hacerse oír por encima del sonido de la lluvia. -¡Me dan miedo y ahora me disparan flechas!
            Los dos verdugos se miraron y volvieron a prestarle atención.
            -Yo solo quería volver a la Tierra, con humanos, con gente normal como yo. –Volvió a gritar sin dirigirse a ellos pero asegurándose de que la oían.
            -¡Eh, muchacha! ¿Dices que no eres vampiro? –Preguntó uno de ellos.
            -¡¿A ti que te pasa?! ¿¡Cómo no va a ser una vampiro, qué está haciendo aquí sino más que avisar a la ciudad vecina de que estamos aquí?! –Le gritó el otro, alterado.
            -¡No! –Gritó Cristal intentando aparentar desesperación. -¡Yo no soy vampiro, no soy uno de esos seres horribles que se alimentan de sangre! Mi abuela trabaja en una granja de aquí porque en la Tierra se la cerraron y tuvo que venir aquí para seguir  adelante, ¡pero no tenemos nada que ver con esas criaturas!
            -¿Y a dónde ibas? –Le preguntó el que estaba empezando a caer en la mentira.
            -Iba a la Tierra. –Murmuró.
            -Por aquí no se va a la Tierra. –Le contradijo el más receloso.
            -¡Sí! ¡Recuerdo que llegué a través de un pozo, lo estoy buscando, no debe de quedar mucho! –Cristal estaba empezando a cansarse de hacerse la tonta e indefensa delante de aquellos verdugos.
            -El pozo que dices está por el otro lado. –Volvió a objetar uno de sus perseguidores, algo menos incrédulo.
            Lo estaba consiguiendo, estaba aparentando ser una chiquilla asustada y con mal sentido de la orientación. Un par de mentiras más entre lágrimas y acabarían acompañándola hasta la misma ciudad si lo deseaba. Pero era demasiado orgullosa como para fingir ser tan poca cosa y tan débil delante de aquellos hombres a los que tanto odiaba por ser asesinos, asesinos de vampiros. Podrían haber sido los mismísimos asesinos de sus padres. Andrea podría estar muerto y podrían haber sido ellos los culpables, incluso podrían acabar después con la vida de Angelo. Dejó de llorar en seco y les dirigió una media sonrisa.
            -¿Sabéis? Me sacáis demasiado de mis casillas como para seguir mintiéndoos, creo que sería más divertido mataros.
            Los verdugos se mostraron sorprendidos, uno más que el otro. Pero rieron pensando que había desperdiciado una preciosa oportunidad de salvarse y que era demasiado ingenua, imprudente y arrogante.
            Se acercaron más a ella con las espadas en alto y Cristal se desenganchó los palos cruzados a su espalda con un elegante movimiento que si salía de aquella, se dijo, debería repetir ante un espejo.
            Los palos eran de madera dura, y resistirían varias estocadas, pero si fallaban, todavía le quedaba la espada que llevaba sujeta al cinturón.
            Se giró hacia un lado para poder pelear con uno antes que con el otro durante al menos unos instantes, y paró el primer golpe con una facilidad  que su contrincante no  esperaba.
            En cuanto tuvo oportunidad le dio una patada en el estómago imitando el estilo de su maestro y cuando este se curvó aprovechó para darle un fuerte golpe con el canto de la vara en la nuca que le hizo desplomarse.
            Sonrió de pura satisfacción al ver que un verdugo podía llegar a ser tan débil y caminó hacia el otro sin dar la espalda al que yacía en el suelo. Aquella vez fue ella quien atacó primero, pero no consiguió acertarle.
            Aquel verdugo era mucho más rápido que el otro, se movía con más agilidad y se notaba que no daba ningún golpe a ciegas. A pesar de ello, Cristal también era rápida, le habían enseñado bien, y aunque nunca había estado en un duelo real, pensaba salir victoriosa de aquel.
            Intentó repetir con él la misma jugada que con el otro, pero le era casi imposible levantar la pierna para darle patadas, el otro no se lo permitía, y cuantas más veces lo intentaba más se le resentía la herida de la pierna izquierda.
            Una de las veces la espada le rozó el costado, y por un momento se desequilibró. A su contrincante no le faltó nada más para empujarla y hacerla caer de espaldas al barro. Perdió los palos en la caída. Intentó agarrar la espada, pero se había hundido en el barro, y no la localizaba.
            -Vampiro estúpida. –Murmuró el asesino alzando la espada y preparándose para dar el golpe final.
            Por fin, Cristal encontró la empuñadura de la espada y tiró de ella antes de que fuera demasiado tarde. Mientras su adversario mantenía la espada en alto, ella se levantó hacía él con la espada por delante y se la clavó en el pecho. Sin darle tiempo a reaccionar la sacó de su cuerpo y lo degolló sin pensárselo dos veces.
            En aquellos instantes el otro se levantaba, pero estaba aturdido, y no le hicieron falta más que un par de movimientos rápidos y certeros para acabar con su vida.
            Recogió sus palos del suelo y se los volvió a colocar en la espalda. Sintió una especie de satisfacción al haber tenido la oportunidad de matar a dos verdugos, pero no se entretuvo en echarse flores a sí misma y ayudó a la yegua a levantarse del fango para ponerse en marcha de nuevo.
            Se miró la pierna. La herida le dolía bastante, y sabía que le dolería aún más al sacarse la flecha. Pero si se la dejaba dentro la herida se le infectaría y entonces sí que sufriría de verdad.
            Agarró la punta con la mano para poder sacársela con firmeza, miró hacia otro lado por si le impresionaba la escena y dio un fuerte tirón. Se mordió los labios hasta hacerse daño y se sobrepuso para seguir manteniendo la cabeza fría. Se arrancó un trozo de manga de la chaqueta y se vendó la herida con él para que le dejara de sangrar y no se le infectara con el barro. Se miró el costado y se dio cuenta de que no era más que un corte superficial. Escocía, le escocía bastante, pero no era nada serio, así que no le dio importancia. Volvió a subirse a su montura y siguió su camino, aunque un poco más despacio.
            Al caer la noche todavía seguía en las colinas que había antes de llegar a la ciudad.  Penélope iba al paso, y Cristal cabeceaba de vez en cuando porque se estaba quedando dormida. Un pensamiento confuso y borroso que tuvo entre el sueño y la vigilia la hizo despejarse. A esas alturas los verdugos ya estarían matando gente en le ciudad, ella era la única esperanza que tenían. Si ella fracasaba en su misión, podían perderse cientos de vidas, y quería cumplir con su cometido para no quedarse atada de por vida a aquel cargo de conciencia. Pero sobre todo para hacer algo de lo que Andrea pudiese sentirse orgulloso.
            Agitó la cabeza para salir de su somnolencia y gritó con ganas mientras espoleaba a su yegua prestada.
            Pensaba llegar en tiempo récord a su destino, y evitar con eso una masacre en la ciudad.

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