20 ene. 2014

8. CINCO AÑOS DE SU VIDA ENVUELTOS EN LLAMAS


8. Cinco años de su vida envueltos en llamas

            Divisó las casas de la ciudad al día siguiente, ya entrada la mañana. Entró por las calles a galope, y no se detuvo a pesar de las miradas curiosas de los transeúntes. Era una joven a caballo, llena de barro, empapada, y seguramente con peor aspecto que cuando apareció en la granja. Además, apestaba a sangre. Se bajo de la yegua cuando por las calles circulaba más gente, y al rato se detuvo ante un puesto de verduras para preguntar a la tendera por el camino que debía seguir.
            -¿Podría usted decirme donde está el ayuntamiento? O si no, cualquier base de protectores, lo que más cerca esté.
            -¿Te ha pasado algo, joven? ¿Para qué quieres ir a esos sitios?
            -La Ciudad de las Tinieblas ha sido atacada por verdugos, han matado a los protectores que patrullaban por allí antes de que dieran la voz de alarma, y tengo que avisar al encargado de las tropas cuanto antes.
            -¡¿Hablas en serio?! –Exclamó la mujer.
            -Completamente en serio, dígame dónde puedo encontrar lo que busco.
            La mujer se apresuró a darle indicaciones y pronto el rumor de lo que había pasado empezó a extenderse entre la población. Así lo quería Cristal. Si la gente lo sabía, las cosas se agilizarían por la presión social que podrían ejercer sobre los encargados de organizar los refuerzos.
No tardó demasiado en llegar a una base. Al entrar, el encargado que atendía a la gente, escuchando sus problemas y anotando en un papel lo que le decían, le pidió que se pusiera a la cola.
-Es urgente. –Objetó Cristal, intentando controlarse.

-Todos aquí tenemos urgencia, mocosa. –Le dijo un hombre que esperaba por delante de ella. –Espera tu turno. –Unos vándalos me han robado el caballo.
-Si el dueño del caballo muere no habrá nadie para denunciar el robo ¿verdad? Adiós dueño, adiós problema. –Se puso delante de él y esperó a que dijera algo, pero este se acobardó y Cristal siguió hablando. -Llevo dos días sin dormir, comer, ni beber. Me he cargado a dos verdugos por el camino. ¡Y tengo una agujero del tamaño de la punta de una flecha en la pierna que me sangra sin parar y que como me deje cicatriz tendré que matar a alguien! ¡¿Crees de verdad que voy a esperar mi turno?! –Gritó Cristal, alterada, y avanzando hacia adelante para plantarse delante del encargado.
A pesar de todas sus voces, no consiguió que le hiciera caso. Seguía pidiendo que se calmase o que abandonase el establecimiento, y ella soltaba risitas desquiciadas ante lo frustrante que era la situación.
-¿Qué hay detrás de esa puerta? –Preguntó, bajando la voz de pronto y señalando una puerta en la que acababa de reparar. –Están los protectores ¿verdad?
-¡Eh! ¡Ni se te ocurra! –Gritó el encargado al verle las intenciones.
Salió de detrás del mostrador a toda prisa, pero Cristal ya se había aferrado al pomo de la puerta y la abrió sin dudar. La agarró de la cintura y al presionarle la herida gritó, de tal manera que toda la gente que estaba dentro de aquella sala a la que acababa de entrar se giró hacia ella.
-¡Han asesinado a trece protectores! –Gritó, intentando liberarse del que la sujetaba. –¡Los verdugos han traspasado las fronteras de Deresclya! ¡Van a masacrar la Ciudad de las Tinieblas! ¡No hay nadie defendiéndola, los ciudadanos no tienen armas, y no hay personal preparado!

El protector que la sujetaba seguía tirando de ella e iba a sacarla fuera justo cuando una joven se les acercó y le hizo una seña a su compañero para que no se la llevara.
-¿Puedes repetir lo qué has dicho, más despacio y más calmada?
Cristal cogió aire, e intentó serenarse y vocalizar bien las palabras al pronunciarlas.
-Los verdugos han llegado a la Ciudad de las Tinieblas. No sé cuántos son. Los trece protectores que se dirigían hacia aquí para dar el aviso han sido asesinados en el bosque, en la frontera entre las dos ciudades. No queda nadie en la ciudad armado y preparado para hacer frente a los verdugos. Solo hay ciudadanos asustados que se han escondido en sus casas y que serán masacrados, familia por familia, si no reciben ayuda pronto.
-¿Cuándo partiste hacia aquí?
-Hace dos días, partí hace dos días por la tarde.
-¿Has tardado solo dos noches en llegar hasta aquí?
-Como ya he explicado antes en la fila de espera, llevo dos días sin dormir. Solo me detuve cuando dos verdugos me persiguieron y tuve que defenderme.
-Está bien. Suéltala. –Le ordenó al que la sujetaba. –Por tu aspecto parece que no estás mintiendo. Reuniré a unos cuantos hombres e iremos a ver qué pasa.
-¡No! –Chilló ella. –Unos cuantos hombres no, todos los que tenga, esto es peligroso, por favor, créame.
La mujer que parecía estar al mando le puso una mano sobre el hombro y le pidió que saliera fuera. Tenía que consultarlo.
Cristal salió del edificio y se sentó al lado de Penélope. La gente que pasaba por allí ya debía de saber lo que pasaba puesto que se la quedaban mirando y cuchicheaban cosas por lo bajo.
La mujer salió un poco después que ella y se agachó cuando le habló.
-Tengo bajo mi mando a tres centenares de protectores. Uno se quedará aquí por si acaso, no quiero dejar la ciudad desprotegida. Los otros dos centenares vendrán conmigo a la Ciudad de las Tinieblas. Espero que la situación requiera todo lo que pides, a los protectores no nos gusta perder el tiempo. –Cristal asintió, satisfecha. –Tú podrás quedarte en la base, un curandero te atenderá la herida esa que me han dicho que tienes en la pierna.
-No, en realidad no es para tanto. Antes me he puesto nerviosa y he exagerado un poco... con lo de la herida, el resto no tiene nada de exagerado.
-Sí, también he oído que has amenazado a un hombre de la fila.
-Ha sido sin querer... Los nervios han podido conmigo.
-Tranquila. Si te sientes capaz, entonces podrás acompañarnos y me contarás lo que ha pasado con más detenimiento. Partiremos dentro de dos horas.
-Gracias. –Pudo susurrar Cristal.
Le ofrecieron entrar dentro de la base mientras los protectores se reunían y se preparaban, pero prefirió quedarse fuera con la yegua blanca. Si entraba podría ponerse aún más nerviosa, y quería descansar un poco.
Cada poco tiempo llegaban grupos de protectores y entraban dentro del edificio. Se estaban dando prisa.
Antes de que transcurrieran las dos horas ya se habían puesto en marcha. Cristal se sintió orgullosa de poder cabalgar junto con doscientos protectores. Iba al lado de la mujer que llevaba el mando. Al cabo de un rato, le preguntó cómo había llegado hasta allí, le dijo que  se lo contara todo.
Cristal le hizo un resumen lo más completo posible. Aunque, como todavía no había dormido, había cosas que las recordaba muy lejanas.
Hubo un momento en el que el grupo se dispersó hacia la derecha y la izquierda, estaban esquivando algo que los que pasaban cerca se quedaban mirando, curiosos. Habían llegado al barrizal, y Cristal supo qué creaba tanta expectación.
Cuando pasó al lado de los cadáveres de los verdugos les dirigió una última mirada y siguió cabalgando, sin inmutarse, con total naturalidad.
-La primera vez que yo maté a alguien lloré. Es imposible que esta haya sido tu primera vez. –Le comentó la protectora.
-Que yo sepa no había matado a nadie antes. –Murmuró Cristal agotada e intentando sostener la cabeza entre los hombros, como si tuviera miedo a que se le fuera a desprender en cualquier momento.
-Vaya, me sorprende tu actitud. –Se quedó un rato mirándola y volvió a hablarle. –Puedes dormirte si quieres, nos encargaremos de guiar a tu caballo.
            Cristal no necesitó más para acomodarse sobre su el lomo de Penélope y quedarse dormida. De vez en cuando, un bache la despertaba, pero se esforzaba por cerrar los ojos y volver a conciliar el sueño.
            Por la noche les suplicó que no se detuvieran, tenían que darse prisa. Pero la mujer que la acompañaba le explicó que si no dormían no tendrían fuerzas para pelear, y Cristal cedió.
Acamparon en campo abierto, encendieron varias hogueras y los protectores se turnaron para montar guardias.
Admiró la organización y la rapidez de aquel grupo. Y también la facilidad con la que la mujer al mando les daba órdenes que les hacían funcionar más rápido y mejor.
 Por fin pudo comer cuando pararon, pero no se curó las heridas. No quería perder tiempo. Cuando se detenían, el curandero hacía también de veterinario y revisaba las patas de todos los caballos. Era un gran trabajo para él solo. Por eso no quería entretenerle con más cosas. Eso sí, consiguió un par de vendas y se cambió el improvisado vendaje que se había hecho con la manga de la camisa. Como la herida no tenía muy buena pinta, aunque le dio bastante asco, se escupió en ella para que la saliva ayudara a que se cerrara antes. Y dio buen resultado, la infección desapareció.
Las heridas le dolían cada vez que se estiraba, porque la piel de alrededor le tiraba. Pero con su saliva pareció  mejorar un poco.
Después de tres noches llegaron a la ciudad. No se veía un alma en la calle, y fueron puerta por puerta para comprobar que la gente estaba bien. Como se encontraban a las afueras de la ciudad, los verdugos todavía no habían llegado, y siguieron avanzando. Por el camino se toparon con cuatro verdugos, pero Cristal ni siquiera llegó a verlos. Los mataron enseguida.
Llegaron a una casa en la que el olor a sangre les llamó la atención. Dentro ya no quedaba nadie de los que habían vivido allí. Encontraron a dos verdugos con combustible en las manos y con intención de prenderle fuego a la casa, y pudieron detenerlos a tiempo.
Cuando ya estaban llegando al centro uno de los protectores percibió movimiento en la maleza y, antes de que pudiesen reaccionar, decenas de verdugos les atacaron desde las sombras.
Cristal se vio envuelta en aquella lucha. Como la mayoría iban a pie no tenía problemas en esquivarles o en defenderse de sus golpes. Intentó abrirse paso entre la batalla en busca de la líder, pero no la encontraba por ningún lado.
Cuando por fin la localizó le pidió a gritos que avanzara con ella hasta el hospital, y decidió que ella y otro centenar podrían acompañarla. Allí no había más de siete decenas de verdugos, y podrían arreglárselas sin ellos.
A medida que iban avanzando se encontraban con más casas quemadas, y la preocupación de Cristal iba aumentando.
Mataron a varios grupos de verdugos dispersos que no se daban cuenta de la presencia de los protectores hasta que los tenían encima. Y algunos de ellos se internaron por diferentes calles de la ciudad mientras  Cristal seguía guiando al resto hacia adelante, en dirección al hospital.
Por fin, divisó los últimos pisos del hospital  sobresaliendo entre el resto de los tejados de las casas. Divisó humo a lo lejos y empezó a asustarse. Ordenó a Penélope que cabalgara más deprisa, adelantó a todos los que la acompañaban e intentó concentrarse al máximo por si ocurría lo peor.
Como había imaginado, el gran edificio estaba envuelto en llamas. Algunos pacientes y médicos habían salido y contemplaban cómo se consumía ante el fuego.  Desmontó cuando el caballo aún no se había detenido y estuvo a punto de tropezar, pero se equilibró a tiempo.
-¿Queda alguien dentro? –Gritó Cristal fuera de sí.
-Apenas hemos podido salir unas cuantas personas. Han entrado los verdugos y están acabando con todo el mundo, nosotros hemos salido por la puerta del almacén...
Sin dejar que terminara, se abrió paso entre la gente buscando caras conocidas. Vio al médico que le había dado la idea de que fuera ella quien diera la voz de alarma, pero no se paró a hablar con él. Siguió caminando sin detenerse, en busca de Angelo, pero no lo encontraba.
De pronto, unos brazos la sostuvieron por los hombros y la hicieron detenerse.
-Cristal. –Escuchó que susurraba una voz que conocía bien. –Cristal, me han contado lo que has hecho. ¿Cómo se te ocurre...? –Cristal se giró hacía él y no le dejó continuar.
-Lo siento Andrea, no tengo tiempo.
No le dio tiempo a detenerla, volvió a salir corriendo y la perdió de vista entre la gente. En otras circunstancias le habría contado, emocionada, su aventura; le habría abrazado, le habría gustado escuchar de él que estaba orgulloso. Pero estaba fuera de sí, aquello era demasiado para ella. ¿Y si Angelo seguía dentro con el resto de pacientes y verdugos? Cinco años de recuerdos se iban a consumir junto con el hospital. Todas sus cosas se estarían quemando. Aunque no apreciara mucho aquel lugar, no le estaba gustando lo más mínimo aquel dantesco espectáculo ígneo.
No se lo pensó dos veces. Se arrancó la manga que le quedaba entera y se la ató alrededor de la boca a modo de pañuelo para no inhalar humo.
Corrió hacia la entrada más cercana sin preguntarse si aquello sería una imprudencia y sin importarle cuál fuese el plan de los protectores. Desenvainó la espada y entró dentro con ella en alto.
El fuego aún no había llegado a aquel sector, pero por las escaleras bajaba mucho humo, así que decidió subir por las del otro lado. Encontró en una habitación a varios pacientes que intentaban salir por otro sitio, asustados. Los llamó desde donde estaba, y todos se abalanzaron hacia la puerta que acababa de abrir. Les dio instrucciones de por dónde debían salir y ellos le dieron las gracias, entre lágrimas.
Escuchó los gritos de auxilio de Angelo desde el otro lado de la puerta de su cuarto. Estaba atrancada. Intentó tirarla abajo, pero no hubo manera.
-¡¿Hay mucha altura desde la ventana?! –Gritó, para hacerse oír por encima del crepitar de las llamas.
-¡La ventana también está atascada! ¡Lleva así días, solo se puede abrir desde fuera!
Cristal empezó a desesperarse. Todavía no había visto a ningún verdugo, pero no le apetecía cruzarse con ninguno más. De pronto, tuvo una idea; pero era arriesgada y solo tendría una oportunidad.
-Angelo, espérame aquí, prometo que volveré.
Salió disparada hacia su cuarto. El armario ya había cogido fuego, igual que parte del techo, pero corrió hasta su cama y cogió todas las sábanas que pudo. Se las cargó al hombro y fue de habitación en habitación, recogiendo más sábanas.
Cuando iba tan cargada que no podía coger más, se dirigió hacia las escaleras. En los pisos de arriba debía de haber aún más fuego, pero era la única manera. Se abrió paso entre las llamas y el humo como pudo y avanzó hacia la habitación de la trampilla.
La puerta estaba abierta, y el interior ya estaba completamente envuelto en llamas. Incluso las cajas que les servían de apoyo estaban ardiendo. Calculó dónde tendría que apoyar el pie si quería abrir la trampilla, subir por ella y además no quemarse y, sin pensárselo demasiado, ya que tenía miedo de echarse atrás si lo hacía, corrió y saltó hacia la trampilla, impulsándose en las cajas.
Al tiempo que la abrió, una gran bocanada de fuego salió a la vez que ella, pero fue rápida y apagó las llamas que la envolvían a tiempo, rodando por el suelo.
Rasgó las sábanas por varios sitios diferentes,  dándose toda la prisa que podía; pero, por la velocidad, muchas veces no acertaba a rasgar la tela por el lugar adecuado.
Cuando consideró que la cadeneta que había hecho uniendo todos los pedazos era suficientemente larga se la ató a la cintura y el otro extremo a una de las gárgolas que quedaban en el borde de la azotea.
Cerró los ojos y cogió aire antes de empezar lo que iba a hacer. Y, cuando estuvo lo suficientemente concentrada, se descolgó agarrando la tela con el brazo derecho para soltar la que le fuera necesaria según fuese bajando.
La gente que observaba desde abajo soltaba gritos sorprendidos, pero no se dejó influenciar por el pánico de aquellas personas y siguió manteniendo la cabeza fría y despejada.
No tardó en llegar al piso de los dormitorios. La herida del costado se le estaba resintiendo aún más, y la presión de la tela alrededor de la cintura le hacía cada vez más daño. Buscó su ventana para situarse y supo que al lado estaba la de Angelo.
Se asomó y comprobó que el muchacho estaba dentro. Abrió la ventana como pudo,  y le gritó para que se acercara.
Se sentó en el alfeizar y le pidió que le diera la mano para ayudarle a entrar. Se quitó la tela de la cintura y le tendió aquel extremo. Apenas quedaba tela para poder bajar hasta el suelo, y las sábanas de la cama no serían suficientes.
-¿Tienes dinamita? –Le preguntó Cristal, desesperada.
-¿Cómo demonios quieres que tenga dinamita en mi habitación?
-No lo sé. Tenemos que destruir la gárgola a la que he atado las sábanas para poder atarlas de nuevo aquí.
-¿Cómo quieres hacer eso?
-Si no podemos, entonces tendremos que bajar escalando. Sin cuerdas.
-Nos vamos a caer. ¿Por qué no subimos de uno en uno hasta el tejado y volvemos por donde has entrado tú?
-¡No podemos, cuando he llegado yo ya estaba prácticamente lleno de fuego! Vamos, yo iré primero. La pared tiene muchos salientes, lo conseguiremos. En cuanto lleguemos a una de las ventanas de los pisos bajos entraremos por ellas.
Volvió a pasar los pies por el alfeizar y esperó a que Angelo asintiera. Bajaron a duras penas por la fachada del edificio mientras veían el humo a su alrededor. En cuanto divisaron una ventana por la que entrar, Cristal le dio un codazo y la rompió, hiriéndose levemente el brazo.
Entraron dentro y salieron al pasillo. Nada más hacerlo vieron a dos verdugos que también salían de otra habitación. Con las espadas desenvainadas y cubiertas de sangre.
Cristal desenvainó también su espada robada y les amenazó. Antes de que pudieran atacar a los dos jóvenes, una sombra se deslizó tras ellos y los mató uno a uno casi al instante. Era Andrea.
-¿Pensabas enfrentarte tú sola a dos verdugos a la vez? –Le preguntó, mirándola con el ceño fruncido. Pero Cristal no pudo más que enseñarle una media sonrisa, pensando: <<Ya lo había hecho antes>> -¡¿Y tú se lo ibas a permitir?! –Le regañó a Angelo, que se encogió de hombros.
El pañuelo con el que se había estado tapando la cara se le había caído sin que se diera cuenta, y estaba inhalando el humo directamente. Cristal empezó a toser. Andrea los apuró para que salieran de allí. Cuando consiguieron salir, por fin, se giró hacia atrás y vio que el edificio estaba mucho más consumido por el fuego que cuando había entrado. ¿Hacía cuánto que había entrado?
Siguió tosiendo, no podía parar. Andrea le preguntaba cosas a las que había dejado de responder. Sintió que se le nublaba la vista y que le faltaba el aliento. Las piernas empezaron a fallarle y se desplomó hacia atrás. Por suerte, Andrea pudo sujetarla a tiempo y no cayó al suelo.
Lo último que vio antes de perder el sentido fue la imagen del hospital y los edificios de alrededor en llamas.

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