15 may. 2015

Imperfecta Armonía. Capítulo 3

Me había costado dormir. Escuchaba silbar al viento a través de la ventana, oía la televisión del salón e incluso el agua corriendo por las cañerías.
            Me moría de sueño, era una sensación horrible. Aun así, no fui capaz de pegar ojo hasta bien entrada la noche.
            Al día siguiente me levanté temprano. Como siempre, por la mañana mi reflejo en el espejo no mostraba mi mejor cara. Lo disimulé como pude, pero no existen los milagros. Me di una ducha y me vestí, escogiendo con cuidado una camiseta de manga larga y deseando que no hiciera mucho calor en clase. Al volver a mi cuarto para hacer la cama, encontré unas mantas tiradas en el suelo.
            Veía la noche anterior algo borrosa. Al parecer, dormir, aunque poco, me había hecho bien. Y aquel delirio del chico guapo era agua pasada. Me agaché para recoger las mantas, y me volví al escuchar un bostezo.
Solté un grito de pánico y asusté a un dormido Jack incluso más de lo que lo estaba yo.
-No te has ido. –Sollocé.
-Mmm... No. Parece que no.
-Esto es de locos.
Jack se encogió de hombros.
-Ayer parecías haber aceptado que iba a quedarme contigo.
-Me autoconvencía. Pensaba que desaparecerías.
-Siento decepcionarte. –Me miró de cerca y, por primera vez, me di cuenta de que tenía los ojos verdes; verdes, grandes y luminosos. Asentí para mis adentros: para ser una alucinación, mi cabeza le estaba dedicando toda clase de detalles.
Suspiré y reprimí las ganas de llorar. Aquello era demasiado. Me contuve, hice la cama respondiendo brevemente a las preguntas que Jack me hacía y bajé a desayunar. Mi tía se había marchado hacía un rato, y me alegré de que no estuviera en casa, porque no tenía apetito. Ojeé el frigorífico y acabé decidiendo marcharme con un bollo para el almuerzo.
Salí de casa desganada y recorrí el vecindario incorporándome a la calle principal. Jack me hacía observaciones, pero no esperaba que le respondiera. Sabía que, estando en la calle, no podía hacerlo.
Llegué en quince minutos. Sonó la sirena de clase, y crucé la puerta principal junto con varias decenas de chavales gritones y alterados. Entré en clase, dispuesta a enfrentarme al mismo infierno de todos los días. Y ahí estaban; nada más verme, Lucie y Keyla me miraron de arriba abajo con descaro.
Miré a mi lado. Jack no estaba. Seguí caminado.
Nos sentábamos de dos en dos. Ocupé mi asiento y, por el rabillo del ojo, vi que escribían algo en un papel, entre risas. Me hice la loca y miré la puerta. Sophie aún no había llegado. Era mi compañera y única amiga. Nos habíamos conocido hacía un año, se acababa de mudar y congeniamos sin que a ella le importase lo más mínimo lo que los demás opinasen de mí.
Me di cuenta de que Lucie y Keyla pasaban una nota a las de la mesa de atrás, y estas la abrían, me miraban y rompían a reír. Acto seguido la doblaron, la pasaron a la siguiente mesa, y dos chicos repitieron lo mismo.
Fingí que no me percataba del revuelo que estaba causando esa nota que, a todas luces, decía algo grotesco sobre mí.
Si Sophie no llegaba pronto, me moriría. Saqué el cuaderno y el libro de biología e hice como que anotaba algo; no podía quedarme quieta fingiendo no darme cuenta de lo que pasaba. Por lo menos, tenía que hacer algo.
Entonces la puerta de la clase se cerró, y el profesor caminó hasta su escritorio. Dejé caer la cabeza entre las manos y procuré que el cabello negro me ocultara el rostro. Me esperaban seis largas horas de clase sin Sophie. Y, además, la mañana no había empezado precisamente bien.
            En el descanso, saqué el móvil de la mochila y le escribí un mensaje. Diez minutos después, recibí su respuesta.
            “Tengo fiebre, esta mañana no iré a clase. ¿Todo va bien? Besos.”
            No, nada iba bien. Me recosté en el asiento, mirando al frente. Me sentaba en primera fila y delante de mí estaba la pizarra. Entonces reparé en una figura junto a la puerta y advertí que se trataba de Jack. Cerré los ojos con fuerza, como si así al abrirlos fuera a desaparecer, y volví a mirarle. Él me sonreía con los brazos cruzados ante el pecho.
            Al parecer, debí de quedarme demasiado tiempo mirándole. O, a los ojos de los demás, mirando a la nada... pues oí a Lucie decir algo como “boba” e “ida” y al séquito que tenía a su alrededor reír su ocurrencia.
            El resto del día lo pasé sumida en un creciente desasosiego. Cada vez que el profesor buscaba en la lista para preguntar a alguien me sentía horriblemente tensa. Deseaba y rogaba con toda mi alma que no me preguntase nada. No importaba si conocía o no la respuesta. Dijera lo que dijese, fuera acertado o no, todos se reirían o me criticarían. Si acertaba, por engreída y, si fallaba, por tonta.
            A esas alturas, todo aquello no debería importarme. Pero todavía dolía. No siempre fue así. Durante un tiempo fui una alumna más. El año que cambié de centro porque tuve que mudarme con mi tía, empezaron las burlas, las risas y los insultos.
            Conseguí pasar desapercibida hasta la última clase. No quedaba más de media hora para que pudiese volver a casa y descansar. Pero el profesor me hizo una pregunta y me vi entre la espada y la pared. Hablar o callar. Sabía la respuesta.
            Me miró apremiante, aburrido. Yo le devolví la mirada y me mordí el labio inferior.
            -Esperamos una respuesta. –Me dijo, intentando parecer amable.
            Lucie soltó una risotada nada disimulada y el profesor la mandó callar.
            -No lo sé. –Dije simplemente, y todos empezaron a hablar por lo bajo.
            Agaché la cabeza hacia el libro, para que no siguiera insistiendo y preguntó a otro. Él tampoco había sido capaz de responder, pero todo quedó ahí. Los dos habíamos reaccionado de la misma manera. Pero él se iría tranquilo a casa, yo no.
            Durante el camino de vuelta Jack no habló, cosa que me sorprendió. Llegamos pronto y subí directamente a mi cuarto. Tiré la mochila sobre la cama y entré en el baño antes de que él subiera las escaleras.
            Me apoyé en la puerta y cerré los ojos con fuerza. Tenía ganas de llorar, de pegar puñetazos a la pared y de dormir. Dormir, desaparecer, y olvidarme de todo.
            Cogí aire y volví a mi habitación. Jack estaba de pie, mirando por la ventana. Se giró para observarme, pero yo no le miré. Busqué rápidamente la cuchilla en el cajón de los calcetines y me la metí debajo de la manga.
            Me pregunté a mí misma por qué le ocultaba aquello a mi imaginación. Pero no le di muchas vueltas. No quería que nadie lo supiera y punto; fuera real o no.
            Volví a meterme en el baño y eché el cerrojo. Me senté en el suelo y levanté la manga izquierda de mi camiseta. La herida del día anterior aún estaba allí, brillante donde todavía no había salido la postilla. Subí un poco más arriba, hasta la zona media del antebrazo e hice ahí el corte.
            La sangre brotó, se formaron pompas donde la incisión fue más profunda y sentí punzadas en los nervios. Un dolor agudo, y algo de escozor.
            Volví a coger aire cuando la hoja metálica se separó de mi piel y suspiré. Me tomé mi tiempo para eliminar cualquier rastro que delatara lo que había estado haciendo y regresé a mi cuarto.
            -¿Todos los días son así?
            -¿Qué? ¿A qué te refieres?
            -En el instituto.
            -No quiero hablar de eso. –Respondí, fría.
            -Yo tampoco, Mel. –Dijo él. –Pero no me das otro tema de conversación y soy bastante curioso. –Rió. –Es gracioso. Realmente no sé quién soy pero sí que sé cómo soy.
            -¿Y cómo eres? –Nada más formular la pregunta me arrepentí de haberlo hecho. Me giré en redondo y salí del cuarto para bajar al salón. Tuve la esperanza de que Jack no me siguiera, pero ahí estaba él, bajando las escaleras en pos de mí.
            -Soy amigable y me socializo con facilidad. Si fuera a un instituto probablemente sería todo lo contrario a ti.
            Pasé por alto ese comentario tan hiriente y me dije a mí misma que solo era mi subconsciente, castigándome. Abrí el frigorífico y no encontré gran cosa. Dejé que saliera el frío durante unos instantes más y después cerré la puerta, para decidirme sobre qué comer.
            -También soy observador y tengo labia. Soy algo perezoso, pero por lo general me obligo a mantenerme activo. –Levantó uno de los brazos, mostrándome cómo la camiseta se ceñía al bíceps. -Se nota, ¿verdad?
            Sacudí la cabeza.
            -¿Todo eso son cosas que supones o que recuerdas?
            -Son cosas que de alguna manera recuerdo. Pero no sé de qué.
            -Puede que estés muerto y que debas ir hacia la luz o algo así. –Solté, volviendo a abrir la puerta del frigorífico y sacando unos macarrones del día anterior.
            -No. –Movió la mano. –No me siento muerto. Lo cierto es que no me preocupa demasiado lo que hago aquí. –Se acercó a mí y vigiló de cerca lo que hacía. Me vio coger un plato, echar algo de pasta y sentarme con él delante de la televisión.
            Jack se dejó caer en el otro extremo del sofá y estiró las piernas hacia mí.
            -Si eres parte de mi imaginación, me perteneces. –Dije.
            Jack alzó las manos, en fingido gesto defensivo y con ojillos de recién levantado.
            -Puedo decidir sobre ti, porque eres mío.
            -¡Eh, eh! –Movió las manos hacia delante y hacia atrás.
            -Puedo hacer contigo lo que quiera.
            La expresión de su cara cambió. Se incorporó y se acarició el mentón con los dedos, sugestivo.
            -Ahora te escucho. Creo que tengo una idea sobre lo que quieres hacer conmigo –Alzó las cejas, divertido.
            Ignoré ese comentario.
            -En realidad, soy como tú. La única diferencia es que nadie puede verme. A excepción de ti, claro. No sé por qué.
            -Pero eres parte de mi imaginación.
            -No lo creo. Pienso y actúo por mí mismo.
            -Entonces esto puede ser más aburrido de lo que esperaba. –Me dejé caer en el sofá, arrugando la frente.
            -¿Por qué no salimos y me enseñas los alrededores?
            Le obsequié con un no rotundo. Nunca salía sola, si podía evitarlo. Y no iba a hacerlo para enseñarle el barrio a un ser “etéreo”. La última vez que había salido sola, además, había sido para descambiar aquella dichosa blusa, y había perdido mi pulsera azul.
            Suspiré, miré al frente y me topé con una de las novelas que estaba releyendo. La cogí de la mesita y la abrí por la página marcada.
            Como Jack seguía aburrido, me quitó el libro de entre las manos. Fui a gritarle pero entonces me di cuenta de algo: nuestros dedos se habían rozado al intentar arrebatármelo, y yo lo había sentido.
            -¿Tú también lo has notado?
            Asentí, boquiabierta.
            No había sido un contacto normal, como cuando tocas a una persona o a un objeto. Había sido algo... menos físico. Un cosquilleo que iba más allá de la superficie de la piel, pero que recorría todas las fibras de tu cuerpo.
            Jack alargó la mano y me pasó el pulgar por la muñeca. Y ahí estaba, ese contacto irreal pero palpable. Y, de alguna manera, cálido.
            El resto de la tarde fue mucho menos aburrida de lo que me esperaba. Jack se había plantado en medio de la calle, esperando a que pasara alguien. Mientras, yo le veía desde la ventana.
            Por fin, apareció una mujer acompañada de una niña. Jack se detuvo en medio de la acera, por donde ellas pasarían en unos segundos. Me miró, y yo le devolví la mirada a él.
            La señora iba caminando con la pequeña, riñéndole por llevar los cordones sueltos. Jack dio un par de pasos a la izquierda, buscando chocarse con ella. Y tres, dos, uno... La mujer se dio de bruces contra él, dando un par de pasos atrás inmediatamente y sacudiendo la cabeza.
            Mientras la mujer buscaba con la mirada qué le había hecho tropezar, la niña se tiró al suelo para atarse los cordones de los diminutos zapatitos. Entonces Jack se puso en cuclillas a su lado. Le acarició la cabecita rubia, pero la niña no se inmutó. Le pasó la mano por la frente, con el mismo cuidado que me había rozado a mí la muñeca, pero no surtió el mismo efecto; la niña frunció el ceño levemente, pero no pareció sentir el roce.

            Si alguien se fijara, podría haber observado que aquella tarde no corría el viento, pero que una de las coletas de la niña parecía mecerse al son de este. Yo, en cambio, veía como una de sus coletas era agitada por un frustrado Jack, que me miraba con ojillos consternados.

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